Naranja

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Nathan Taylor

“En el vestíbulo había doce puertas de roble. Todas eran bonitas, estaban bien cerradas y recubiertas de latón. A lo largo de los años que llevaba en la Subrealidad, Auri había abierto tres de esas puertas.”

Una mancha al final del párrafo desvela las innumerables lecturas que ha sufrido el libro. Compañero de viaje en mil y una ocasiones, este párrafo concreto huele a naranja.

Huele a naranja desde que en una cálida mañana de primavera, la lluvia cazó al distraído lector. Entre línea y línea, el tiempo transcurría plácidamente en una mañana lenta, de las de lectura, sol y terraza. Una taza de café humeaba sobre la mesa, esperando a que su dueño se la llevase a los labios entre gajo y gajo de naranja. Su último sorbo nunca llegó.

Plic. Plic-plic. Las gotas empezaron a caer sobre el café, obligando al lector a meterse apresuradamente el gajo de naranja en la boca y colocar acto seguido el dedo entre las páginas, para no perder su lugar en la historia que estaba leyendo.

Cuando cinco minutos después pudo retomar la lectura se dio cuenta de que había una mancha en el punto en el que la lluvia había interrumpido su lectura.

La misma mancha que hoy hace sonreír a nuestro lector mientras relee el libro acurrucado en la cama, protegido del frío de la nieve que cae inofensiva tras los cristales en una fría mañana de invierno.

La misma mancha lo hace sonreír ensimismado pensando en los buenos ratos que ha pasado acompañado por una buena historia ya llueva, nieve o haga sol.

Nocturnos

“… el nocturno en C# menor de Chopin.”

Ahí está de nuevo. El silencio tras el aplauso. La espera. Andar nerviosamente los 15 pasos que te separan del piano para saludar al auditorio con un ligero movimiento de cabeza, mientras los miras sin verlos realmente.

El auditorio te mira a su vez. Expectantes unos, aburridos otros; durante el escaso minuto y medio que separa la presentación de tu actuación, por sus cabezas pasan múltiples pensamientos: qué hora será, no creo que supere al anterior, tengo que ir a comprar naranjas al salir, que me he quedado sin…

En tu cabeza también hay pensamientos, pero son automáticos. Los has tenido mil veces antes y los tendrás mil veces después: tengo que ajustar la altura del taburete, colocar bien la espalda, tomar un respiro y… empezar a tocar.

De nuevo un silencio, diferente al anterior. Un silencio tenso, que empezó en cuanto te sentaste y que espera algo. Espera al sonido que sale del piano cuando tus manos rozan las teclas. La tensión se disuelve en el aire cuando terminas los primeros compases.

Apenas 10 segundos tocando y ya notas el alivio en el público. La música los apacigua, los tranquiliza, mientras tú te dejas llevar por tus manos a tu refugio. Ese sitio en el que tu cuerpo y tus manos están en el presente, tocando la pieza, y tu mente está lejos de allí, dejando que sea tu cuerpo el que saque la música.

Dos chatos de tinto y una caña para el zagal

76 años, unos músculos prietos como sarmientos de viña y piel tostada allí donde no la cubre el maillot. Capaz de pedalear 90 kilómetros y bajar del sillín sin que le tiemblen las piernas, ese es Miguel. Conocido por todos los del pueblo desde que era un chaval que soñaba con ser como Bahamontes, ahora lo acompaño en sus salidas cuando estoy en el pueblo.

Bahamontes

Su esposa Nati solía salir con la bici, hasta que la operaron de la cadera. Ahora se queda en casa, esperando a que volvamos para acompañarnos al bar y echar el vermut, que paga quien llega el último. Siempre pago con gusto ese vermut.

“¿Qué os pongo?” pregunta el camarero detrás de la barra. “Dos chatos de tinto y una caña para el zagal.” Incluso cuando tenga 40 años, para Miguel seguiré siendo el zagal. Y seguirá renegando de mi porque no me guste el vino.

-¿Te ha dejado muy cansado el vejestorio este? Nati siempre sonríe cuando me pregunta eso al volver.

-De vejestorio nada, que bien que lo dejo atrás.

-Y yo te dejaba atrás a ti, cariño, cuando salíamos juntos.

-La dejaba ir delante para verle el culo, me susurra Miguel con un guiño.

-Muy buena vista debías de tener tú para verlo de tan lejos. Nati le coge la mano a Miguel con cariño. Os juro que cuando sea mayor quiero ser así.

-Mujer, por eso empecé a llevar gafas.

Después de estar un rato riéndonos y poniéndonos al día (qué hacen sus hijos, donde están sus nietos, qué tal mi familia…), surge la pregunta de todos los veranos:

-¿Y al año que viene dónde vas a estar?

-En Barcelona, estudiando mientras trabajo.

-Bien hecho. Tú lee y viaja, que para quedarte quieto en un sitio ya tendrás tiempo.

Leer y viajar. No parece un mal plan. A ellos no les ha ido mal.