No seas un gilipollas

¡Fium! Otro más que te adelanta a 40 por hora en una calle de 30 mientras tú vas en bici. Pero esta vez frena en seco a cinco metros de ti porque hay un paso de cebra y lo siguiente que ves es el rojo de sus luces de freno acercándose a tu cara.

Es lo que me ha pasado esta mañana. Suerte que llevaba el casco y se ha llevado la mayor parte del golpe. No me quiero imaginar lo que hubiera ocurrido de no llevarlo y aterrizar de cara en el maletero de un coche, pasando de 17 a 0 en un segundo.

Por eso, tanto si vas en bici como si no, si conduces o no, quiero pedirte un favor: no seas un gilipollas. O al menos no seas ese gilipollas. Ese que va a más de 30 en las vías pacificadas (total, para ganar unos segundos), o ese otro que no señaliza las maniobras o cambia de carril sin mirar por los retrovisores; o el clásico gilipollas que adelanta bicis rozándolas porque no hay espacio (pues esperas un puto minuto a que lo haya, pero no me pongas en peligro por tus prisas).

Porque después, como ha pasado también hoy, cuando salgas del coche y se te pase la gilipollez que parece que se te mete al coger el volante entre las manos, no quiero que tengas que llamar con miedo al chaval que se ha comido tu maletero esta mañana para ver si está bien.

Hoy ha sido un susto. Un poco de dolor, aturdimiento y mala leche. Y una hinchazón en la cara de la que nos reiremos con mis amigos cuando quedemos a tomar algo este fin de semana. Pero otro día podría no ser así. Así que por favor, no seas un gilipollas.

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Dos chatos de tinto y una caña para el zagal

76 años, unos músculos prietos como sarmientos de viña y piel tostada allí donde no la cubre el maillot. Capaz de pedalear 90 kilómetros y bajar del sillín sin que le tiemblen las piernas, ese es Miguel. Conocido por todos los del pueblo desde que era un chaval que soñaba con ser como Bahamontes, ahora lo acompaño en sus salidas cuando estoy en el pueblo.

Bahamontes

Su esposa Nati solía salir con la bici, hasta que la operaron de la cadera. Ahora se queda en casa, esperando a que volvamos para acompañarnos al bar y echar el vermut, que paga quien llega el último. Siempre pago con gusto ese vermut.

“¿Qué os pongo?” pregunta el camarero detrás de la barra. “Dos chatos de tinto y una caña para el zagal.” Incluso cuando tenga 40 años, para Miguel seguiré siendo el zagal. Y seguirá renegando de mi porque no me guste el vino.

-¿Te ha dejado muy cansado el vejestorio este? Nati siempre sonríe cuando me pregunta eso al volver.

-De vejestorio nada, que bien que lo dejo atrás.

-Y yo te dejaba atrás a ti, cariño, cuando salíamos juntos.

-La dejaba ir delante para verle el culo, me susurra Miguel con un guiño.

-Muy buena vista debías de tener tú para verlo de tan lejos. Nati le coge la mano a Miguel con cariño. Os juro que cuando sea mayor quiero ser así.

-Mujer, por eso empecé a llevar gafas.

Después de estar un rato riéndonos y poniéndonos al día (qué hacen sus hijos, donde están sus nietos, qué tal mi familia…), surge la pregunta de todos los veranos:

-¿Y al año que viene dónde vas a estar?

-En Barcelona, estudiando mientras trabajo.

-Bien hecho. Tú lee y viaja, que para quedarte quieto en un sitio ya tendrás tiempo.

Leer y viajar. No parece un mal plan. A ellos no les ha ido mal.