Naranja

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Nathan Taylor

“En el vestíbulo había doce puertas de roble. Todas eran bonitas, estaban bien cerradas y recubiertas de latón. A lo largo de los años que llevaba en la Subrealidad, Auri había abierto tres de esas puertas.”

Una mancha al final del párrafo desvela las innumerables lecturas que ha sufrido el libro. Compañero de viaje en mil y una ocasiones, este párrafo concreto huele a naranja.

Huele a naranja desde que en una cálida mañana de primavera, la lluvia cazó al distraído lector. Entre línea y línea, el tiempo transcurría plácidamente en una mañana lenta, de las de lectura, sol y terraza. Una taza de café humeaba sobre la mesa, esperando a que su dueño se la llevase a los labios entre gajo y gajo de naranja. Su último sorbo nunca llegó.

Plic. Plic-plic. Las gotas empezaron a caer sobre el café, obligando al lector a meterse apresuradamente el gajo de naranja en la boca y colocar acto seguido el dedo entre las páginas, para no perder su lugar en la historia que estaba leyendo.

Cuando cinco minutos después pudo retomar la lectura se dio cuenta de que había una mancha en el punto en el que la lluvia había interrumpido su lectura.

La misma mancha que hoy hace sonreír a nuestro lector mientras relee el libro acurrucado en la cama, protegido del frío de la nieve que cae inofensiva tras los cristales en una fría mañana de invierno.

La misma mancha lo hace sonreír ensimismado pensando en los buenos ratos que ha pasado acompañado por una buena historia ya llueva, nieve o haga sol.

De rojo

Sandman: The Wake
Sandman: The Wake

Me encanta mi nuevo trabajo. Es como si de repente hubiera encontrado mi lugar en el universo. Y en cierto modo, eso es exactamente lo que ha pasado.

Nunca olvidaré el día que tomé la decisión. Aunque echando la vista atrás, la decisión estaba tomada desde hacía mucho tiempo. En concreto desde el día que compré los zapatos de tacón rojos con el abrigo a juego. Lo dejé todo escondido, para que no se descubriese la sorpresa antes de tiempo. Llevaba demasiado tiempo preparando el regalo como para que se destapara todo en el último minuto.

Al fin llegó el momento adecuado. El día anterior había sido horrible, uno de los peores. De forma que, cuando desperté esa mañana, supe que había llegado la hora. Hoy era el día en que todo terminaba: las palizas, las humillaciones, los muros de silencio, los gritos que nadie parece escuchar…

En cuanto mi marido salió por la puerta de casa, me dirigí a la bañera, abrí el grifo y dejé que el agua fluyera tranquilamente, acariciando mi piel a la temperatura perfecta. Si iba a comenzar una nueva etapa, ¿qué mejor forma que hacerlo que con un baño?

Al terminar, salí de la bañera y me envolví con el albornoz. Me puse el vestido, me calcé mis nuevos zapatos favoritos y me puse el abrigo mientras sonreía para mi misma frente al espejo. Tras tomar las pastillas, dejé la carta sobre la mesilla de noche y esperé a la oscuridad. Hoy acababa todo. Hoy empezaba todo.

No era la primera persona que lo hacía. Ni sería la última. Cuando era pequeña mi abuela solía contarme la historia del espíritu de la hermana de su madre, que había perseguido durante años a su antiguo marido para hacerle pagar por nueve años de infierno disfrazado de matrimonio. Así que el mérito de la idea no era mío. Sólo continuaba una tradición familiar.

Esta historia corta se basa en una creencia china de que si alguien muere o es enterrado con ropa roja, vuelve en forma de fantasma.

Doña Marta

Eran una pareja llamativa. Ella, alta, delgada y altiva. Él, bajito, regordete y bonachón. En las reuniones de vecinos siempre llamaban la atención.

Él, porque lo conocíamos todos: se quedaba a hablar con los vecinos en las escaleras. Somos un bloque numeroso, de más de 50 casas, y sin embargo siempre se acordaba de algún detalle de tu vida: si estudiabas o no, en qué trabajabas y si estabas enfermo siempre te preguntaba qué tal.

Ella, porque a pesar de mirar el mundo por encima del hombro con gesto reprobador, le cambiaba la cara cuando hablaba con su marido. Como si la máscara de dureza que se había construido se le cayese al suelo al hablar con su pareja. Como si le diera vergüenza mostrar cariño abiertamente, pero no se pudiera resistir.

Hace casi un año que él ya no está. Se acabaron las conversaciones en la escalera, los buenos deseos y el saludo cordial. Murió de un infarto súbito, dejando a su mujer sola contra el mundo.

Un año después, ya no queda casi nada de lo que un día fue. Apenada y triste, su máscara hace tiempo que se perdió, como también gran parte de sus recuerdos. Apareció el Alzheimer y con él una cuidadora que la trata con cariño evidente y salen a pasear todos los días.

El otro día nos encontramos en el recibidor y se me quedó mirando sonriente, saboreando alguna broma interna que sólo ella conoce.

“Me llamo Marta.”, confesó en un susurro, “Como la piel de mi abrigo”.

Una lista de la compra espacial

Tomates, lechuga, pechugas… Mierda, me he olvidado de comprar aceite, sabía que se me olvidaba algo.

Seguro que esta situación te ha pasado más de una vez: ir a la compra y olvidarte de comprar algo. A veces pasa aunque lleves una lista de la compra.

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Un guante muy viajero | Fuente: NASA

Ahora imagínate que eres Neil Armstrong. El primer ser humano en la Luna. Millones de ojos puestos sobre ti y no puedes fallar. Lo más seguro es que quieras tener a mano una lista de todo lo que tienes que hacer, por si te traicionan los nervios. Para no rebuscar en los bolsillos con los nervios del directo lo mejor es coser la lista al guante del traje, tal y como podéis ver en la foto: una lista de las tareas que tenía que llevar a cabo Neil Armstrong en su paseo lunar. Una de ellas era tomar las ya míticas fotografías del Apollo 11.

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Neil Armstrong en la Luna | Fuente: NASA.

Lo malo de hacer de fotógrafo en la Luna es que no sales en casi ninguna de las fotos (y el traje de astronauta es un poco aparatoso como para ponerte a hacer selfies). Esta segunda foto es una de las pocas que hay de Neil Armstrong en la Luna, ya que Neil estaba normalmente detrás de la cámara. Es lo que tiene ser el primer turista lunar.

Montañas en los anillos de Saturno

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Sombras en los anillos de Saturno | Fuente: NASA

Podría pasar perfectamente por un cuadro de arte abstracto y, sin embargo, es una foto de los anillos de Saturno tomada por la sonda Cassini. A veces la naturaleza supera la imaginación del artista.

Se trata de unas estructuras verticales en los anillos de Saturno, justo en el borde del anillo B. Normalmente son anillos de unos 10 metros de espesor, pero estas estructuras llegan a alcanzar los dos kilómetros y medio de altura, arrojando su sombra sobre los anillos. ¿Las culpables? Lo más probable es que sean moonlets, pequeñas lunas que orbitan en torno a Saturno justo en el borde de este anillo, dejando a su paso estos espectaculares pilares que destacan sobre el horizonte plano de los anillos.

Tengo la suerte de trabajar en algo que involucra tener que buscar imágenes como esta. Es un trabajo preciosamente tedioso: tedioso, porque tienes que bucear en archivos horas y horas para encontrar pequeñas joyas; precioso porque… bueno, creo que la imagen habla por sí misma.

Cocina contra el mal humor

Chop chop chop… El cuchillo suena repetidamente contra la tabla de madera, dejando finas rodajas de pimiento a su paso.

Córtalo fino, que si no luego tarda un montón en hacerse.

Casi puedo oír la voz de mis padres sonando en la cocina, aunque estén a  100 kilómetros de distancia. Crecer en una casa en la que cocinar es poco menos que un ritual familiar tiene sus ventajas: te quedas con un montón de recuerdos felices, un pequeño puñado de trucos de cocina y un hobby para toda la vida.

Hay gente que para relajarse o bajar la ansiedad corre, medita, lee o grita. 22 años de costumbres culinarias (a los 3 años ya me dejaban ayudar en la cocina haciendo cosas sencillas) han hecho que mi espacio seguro sea la cocina. Cualquier cocina. Un sitio en el que estar a mis anchas y en el que solo existimos yo, los ingredientes y una receta. Un sitio en el que no hay sorpresas y todo es como un baile bien ensayado, como un experimento de química 500 veces repetido.

Da igual que sea al horno o a la plancha. En papillot o a la sal. Lo importante son esos 30, 60, 90 minutos que pasas preparando algo que después vas a disfrutar y compartir con alguien más (si tienes invitados). Ese tiempo en el que el mundo desaparece salvo por el chop chop del cuchillo contra la tabla y el olor de la comida preparándose.

Podríamos hacer…

Podríamos hacer…

Hay frases que me dan un miedo instintivo. Y si la frase empieza con podríamos hacer… y encima la escucho en ámbito laboral, me echo a temblar. Es automático, no lo puedo evitar.

Podríamos hacer

Yo antes no era así, este miedo instintivo nace a raíz de experiencias laborales, propias y ajenas. El trabajo: ese ambiente lleno de personas maravillosas… y otras menos maravillosas. Es esa gente menos maravillosa la que suele empezar las frases con podríamos hacer… y termina la frase añadiendo sólo una palabra. “Podríamos hacer gamusinos, dice el susodicho, para acto seguido quedarse mirando a los compañeros, sonriente, expectante, como si con esa palabra (gamusinos) ya hubiera explicado toda la idea, su desarrollo y el reparto de tareas correspondiente. Como si todos pudiéramos leerle la mente.

Por supuesto, si en ese momento mirásemos en el interior de la mente del personaje, no podríamos encontrar ni la idea, ni su desarrollo y mucho menos un esquema previo con el trabajo que habría que llevar a cabo para que su ocurrencia funcionase. Lo más probable es que encontrásemos un mono con platillos.

Pero él es feliz: ha quedado bien delante del jefe, ha dicho una frase misteriosa y ha dejado encima de la mesa un enorme plato de mierda que, si es del agrado del jefe, os vais a tener que comer entre todos.

Porque aquí llega lo mejor de todo. La primera persona del plural del condicional simple de indicativo (podríamos hacer) se convierte, por arte de magia, en segunda persona (podríais hacer) tan pronto como se decida que se va a hacer algo. Y muy pronto la alquimia lingüística hará que de condicional se pasé a imperativo: haced.

Terminará la reunión y el plato de mierda seguirá encima de la mesa. Alguien, normalmente el que ha sugerido la idea, repartirá cubiertos a todos los presentes, mientras sale por la puerta y deja una idea de mierda encima de la mesa, que a vosotros os tocará digerir y dar forma, mientras él se toma un carajillo en la cafetería.

No hay nada peor que un jefe que no sabe valorar el trabajo que implican algunas ideas.