Nocturnos

“… el nocturno en C# menor de Chopin.”

Ahí está de nuevo. El silencio tras el aplauso. La espera. Andar nerviosamente los 15 pasos que te separan del piano para saludar al auditorio con un ligero movimiento de cabeza, mientras los miras sin verlos realmente.

El auditorio te mira a su vez. Expectantes unos, aburridos otros; durante el escaso minuto y medio que separa la presentación de tu actuación, por sus cabezas pasan múltiples pensamientos: qué hora será, no creo que supere al anterior, tengo que ir a comprar naranjas al salir, que me he quedado sin…

En tu cabeza también hay pensamientos, pero son automáticos. Los has tenido mil veces antes y los tendrás mil veces después: tengo que ajustar la altura del taburete, colocar bien la espalda, tomar un respiro y… empezar a tocar.

De nuevo un silencio, diferente al anterior. Un silencio tenso, que empezó en cuanto te sentaste y que espera algo. Espera al sonido que sale del piano cuando tus manos rozan las teclas. La tensión se disuelve en el aire cuando terminas los primeros compases.

Apenas 10 segundos tocando y ya notas el alivio en el público. La música los apacigua, los tranquiliza, mientras tú te dejas llevar por tus manos a tu refugio. Ese sitio en el que tu cuerpo y tus manos están en el presente, tocando la pieza, y tu mente está lejos de allí, dejando que sea tu cuerpo el que saque la música.

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