¿Quién le zurcía los calcetines al rey de Prusia mientras estaba en la guerra? (En El BuscaLibros)

Hay heroínas sin capa, que realizan proezas cada día. Este es un cómic dedicado a una de ellas.

Muchas veces se asocia el mundo de las viñetas y bocadillos con mundos de fantasía, poblados de superhéroes. En la vida real, sin embargo, hay vidas que rara vez aparecen retratadas en los libros, en los cómics y en el cine. Son vidas cotidianas, de personas cercanas, vecinos, familiares. Vidas con sus pequeñas miserias y sus grandes alegrías. Sigue leyendo en El BuscaLibros.

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Me hace mucha ilusión poder empezar a colaborar con El BuscaLibros, por muchas razones. La primera es que me gusta hablar de libros, y ellos lo hacen maravillosamente. La segunda es que me gusta que me recomienden libros y cada uno de los colaboradores se toma su tiempo para hacer una pequeña carta de presentación de los libros que le han gustado (o que ha odiado, que para todo hay cabida).

Y la tercera es una razón egoísta. Hacer reseñas de libros te obliga a leerlos distinto, con más atención y en mayor profundidad. Te obliga a analizarlos, a enfrentarte al libro y a ti mismo. Y eso siempre es bueno.

Mujeres. Afghanistán (Exposición)

Un museo es un sitio al que vamos a sentir, como si fuera una burbuja gigante cuyas paredes podemos atravesar sin que se rompan. Atrás quedan los pitidos de los coches, el olor a tubo de escape y las prisas. Dentro están el espacio y tiempo adecuados, donde pararte a pensar sobre lo que alguien quiere hacerte sentir. En este caso, una exposición sobre la vida de las mujeres en Afghanistán, con fotografías de Gervasio Sánchez e historias contadas por Mónica Bernabé.

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Exposición Mujeres. Afghanistán, de Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé.

Una mirada es suficiente para hacerte sentir. Una mirada que te mira desde otro país a través de esa ventana abierta que es el marco de una fotografía. Una ventana abierta que te permite conocer una situación que jamás hubieras imaginado.

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Exposición Mujeres. Afghanistán, de Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé.

Una sola mirada no es suficiente para hacerte comprender. En las dos salas que abarca la exposición hay una pequeña colección de miradas, cada una con su propia historia. Cada historia, una faceta de la situación que viven diariamente millones de personas. Situaciones tristes y alegres, de desgracias y dolores, pero también de luchas y pequeñas victorias.

Al final sales de la sala callado, arrastrando los pies, pensando en la suerte que has tenido de nacer donde has nacido. En cómo narices podrías ayudar a mejorar algo de lo que has visto (apoyar a Humans Rights Watch, Médicos sin Fronteras o RAWA es un buen comienzo). Y al atravesar las paredes de la burbuja-museo llegan los sonidos de los chavales jugando al fútbol en la plaza, devolviéndote a la realidad más cercana. Haciéndote sentir afortunado.

Está muy bien esto que hacéis

Ayer empezó Pint of Science y yo ya estoy reventado. De nervios, de ilusión y de incertidumbre. Del vértigo que da no saber cuánta gente va a haber entre semana para escuchar hablar de ciencia en un bar. Pero esa no es la historia que os quiero contar.

Ayer, después de apagar los micros y encender las cervezas del Sótano Mágico, se me acercó un señor a hablar. Unos 70 años a primera vista, confirmados en la conversación de después, enjuto y con una sonrisa: Majo, muchas gracias por las charlas. Al preguntarle si le habían gustado, me contó su historia reciente. Había comenzado a leer cosicas de ciencia cuando se jubiló hace unos años. Y como le pillábamos al lado de casa se había bajado al bar a escucharnos y oye, se había enterado de cosas y todo. Que está muy bien esto que hacéis.

Luego nos despedimos, él se fue para casa, “que ya no son horas”, y yo me quedé recogiendo los bártulos. Más adelante ya llegarán los análisis  del público que vino a las charlas. Si lo que hemos hecho ha sido llevar la ciencia al bar o el bar a la ciencia. Pero por el momento, a mi me vale con un “está muy bien esto que hacéis” dicho con una sonrisa.

En la cama se lee mejor

Leer es la segunda mejor cosa que puede hacerse en la cama, siendo la tercera dormir.

Leer en la cama es distinto a hacerlo en cualquier otro sitio. Leer sentado es demasiado formal. Leer en el sofá está bien, pero lo haces con la certeza de que tarde o temprano te vas a tener que levantar, para volver a la realidad. Leer en la cama tiene un matiz rotundo, definitivo, que hace que sea mejor que leer en cualquier otro sitio. Y que además tiene unos matices u otros dependiendo del momento del día.

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Unplash

De noche huele a casa y chimenea. A lugar seguro. Ese momento en el que desactivas toda conexión con el mundo exterior y te sumerges en el mundo interior del libro y en el tuyo propio. Sin interrupciones ni notificaciones. Todo lo que rodea a la cama se desdibuja, hasta que lo único que existe es la cama, el libro y el sueño, cada vez más pesado, contra el que luchas para disfrutar de una página más.

Por la mañana, leer en la cama huele a café y tostadas recién hechas. A mañana larga y perezosa. Es un domingo cualquiera, de pijama, manta y novela. De caricias, risas y besos. De historias paralelas a las del libro, contadas entre susurros bajo la sábana. Leer en la cama un domingo por la mañana es un lujo que deberíamos tener más a menudo.

Esto es un post de autoayuda

Este post no es para ti, lector. Ni siquiera es para mi. O al menos, no para mi yo presente. Este artículo está dirigido a mi yo del futuro, porque sé que necesitará leerlo. Es un post de autoayuda en el sentido más puro de la palabra: soy yo ayudándome a mi mismo.

Acabo de dejar el trabajo. No me siento mal por ello. Me siento bien, como un capitán de barco que vuelve a coger el timón después de haberse mareado y vomitado por la borda.

Sin embargo, me conozco. Soy inseguro y los miedos me asaltan fácilmente. Por eso quiero dejar esta lista de cosas por escrito, para ayudarme a recordarlas. Como un post-it virtual al que recurrir cuando el síndrome del impostor vuelva a llamar a la puerta. Una lista de cosas de las que estoy orgulloso y de las que me he dado cuenta en estos meses de trabajo:

  • Eres organizado. Ya sé que te parece que no lo eres, pero créeme: lo eres. Te marcas plazos para hacer las cosas. Y las haces en esos plazos.

 

  • Te paras a pensar antes de actuar. Parece evidente, pero no todo el mundo lo hace. Lo has comprobado y, lo que es peor, lo has sufrido en tus propias carnes: compañeros de trabajo que se lanzan al monte sin plantearse cómo lo va a escalar y a mitad de subida se dan cuenta de que se han dejado los crampones en casa. No eres perfecto planeando las cosas pero al menos trazas un plan de actuación antes de hacer nada. Ayuda a prevenir muchos problemas y lo que es mejor: te quita muchísimo estrés.

 

  • No te da miedo preguntar. Ni admitir que no tienes ni puta idea. Hay un montón de cosas que no sabes, pero sin embargo tienes claro que pretender que las sabes es perder el tiempo con postureos inútiles. Si no lo sabes hacer, pregunta a alguien que sepa hacerlo.

 

  • Relacionado con lo anterior: Sabes. Usar. Google. Mucha gente, no. Si no sabes algo, o no sabes quién podría saberlo, abres una pestaña nueva en el navegador y le preguntas a San Google. Acotas tu ignorancia: así al menos sabes con mayor o menor incertidumbre cuán grande es. Sí, tu ignorancia es enorme. Como la del resto de la gente. Pero muchos de ellos no saben cómo preguntar a Google. Y a la gran mayoría de las personas ni se les ocurre abrir una pestaña nueva en el navegador.

 

  • Buen trabajo y gracias. Cuesta poco decir esas dos frases y no sé por qué la gente no las dice más a menudo. Agradece a aquellos que te han ayudado o han intentado ayudarte. Ser amable cuesta poco y te ha traído más alegrías que tristezas.

Ah, y sé amable, pero no tonto.

Where did the space robots go?

Siempre que hablamos de exploración espacial se suele recurrir a la figura del astronauta: un humano que pone en riesgo su vida subiendo al espacio para hacer ciencia, bien sea con el programa Apollo, en la MIR o la ISS.

Y sin embargo hablamos poco de las misiones espaciales no tripuladas. Robots que lanzamos al espacio y que día a día se juegan sus circuitos para mandarnos información muy útil a la hora de conocer cómo se formó nuestro Sistema Solar.

Por eso he querido hacer una pequeña infografía explicando dónde están estas sondas (ojo, no está a escala). Agárrate al asiento, porque vamos a viajar por el Sistema Solar a golpe de ratón. A continuación podréis ver la infografía en imagen. Si queréis ver la versión interactiva, con enlaces a información de cada sonda, podéis hacerlo en el blog Comunicar Ciencia, de la UPF.

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Fuentes para hacer la infografía:

Planetary.org, el blog de Planetary Society.

Eyes on the Solar System, de la NASA.

Cuentitis

-Doctora, no sé qué me pasa…

-Tranquilícese y dígame qué le sucede.

-Llevo unos días inquieto. Me despierto y ahí está, encima de la mesa, mirándome. No tiene ojos, pero le aseguro que me mira fijamente.

-¿El qué le mira?

-El cuaderno. Está en blanco. Pero no necesito dibujarle unos ojos para saber que me mira.

-Ha probado… ¿a escribir algo?

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-Eso es lo peor. Sé lo que quiero escribir, la historia que quiero contar, pero cuando me siento, cojo el boli y empiezo a sudar. Escribo algo, lo tacho, arranco el folio y al instante aparece otro en el mismo lugar, mirándome con la misma mirada cruel.

-Hmmm, la doctora se reclina pensativa sobre su asiento.

-¿Qué hago?

-Voy a tener que hacerle análisis, pero mucho me temo que lo suyo es una infección cerebral producida por una historia. Vamos, que tiene cuentitis.

Naranja

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Nathan Taylor

“En el vestíbulo había doce puertas de roble. Todas eran bonitas, estaban bien cerradas y recubiertas de latón. A lo largo de los años que llevaba en la Subrealidad, Auri había abierto tres de esas puertas.”

Una mancha al final del párrafo desvela las innumerables lecturas que ha sufrido el libro. Compañero de viaje en mil y una ocasiones, este párrafo concreto huele a naranja.

Huele a naranja desde que en una cálida mañana de primavera, la lluvia cazó al distraído lector. Entre línea y línea, el tiempo transcurría plácidamente en una mañana lenta, de las de lectura, sol y terraza. Una taza de café humeaba sobre la mesa, esperando a que su dueño se la llevase a los labios entre gajo y gajo de naranja. Su último sorbo nunca llegó.

Plic. Plic-plic. Las gotas empezaron a caer sobre el café, obligando al lector a meterse apresuradamente el gajo de naranja en la boca y colocar acto seguido el dedo entre las páginas, para no perder su lugar en la historia que estaba leyendo.

Cuando cinco minutos después pudo retomar la lectura se dio cuenta de que había una mancha en el punto en el que la lluvia había interrumpido su lectura.

La misma mancha que hoy hace sonreír a nuestro lector mientras relee el libro acurrucado en la cama, protegido del frío de la nieve que cae inofensiva tras los cristales en una fría mañana de invierno.

La misma mancha lo hace sonreír ensimismado pensando en los buenos ratos que ha pasado acompañado por una buena historia ya llueva, nieve o haga sol.

De rojo

Sandman: The Wake
Sandman: The Wake

Me encanta mi nuevo trabajo. Es como si de repente hubiera encontrado mi lugar en el universo. Y en cierto modo, eso es exactamente lo que ha pasado.

Nunca olvidaré el día que tomé la decisión. Aunque echando la vista atrás, la decisión estaba tomada desde hacía mucho tiempo. En concreto desde el día que compré los zapatos de tacón rojos con el abrigo a juego. Lo dejé todo escondido, para que no se descubriese la sorpresa antes de tiempo. Llevaba demasiado tiempo preparando el regalo como para que se destapara todo en el último minuto.

Al fin llegó el momento adecuado. El día anterior había sido horrible, uno de los peores. De forma que, cuando desperté esa mañana, supe que había llegado la hora. Hoy era el día en que todo terminaba: las palizas, las humillaciones, los muros de silencio, los gritos que nadie parece escuchar…

En cuanto mi marido salió por la puerta de casa, me dirigí a la bañera, abrí el grifo y dejé que el agua fluyera tranquilamente, acariciando mi piel a la temperatura perfecta. Si iba a comenzar una nueva etapa, ¿qué mejor forma que hacerlo que con un baño?

Al terminar, salí de la bañera y me envolví con el albornoz. Me puse el vestido, me calcé mis nuevos zapatos favoritos y me puse el abrigo mientras sonreía para mi misma frente al espejo. Tras tomar las pastillas, dejé la carta sobre la mesilla de noche y esperé a la oscuridad. Hoy acababa todo. Hoy empezaba todo.

No era la primera persona que lo hacía. Ni sería la última. Cuando era pequeña mi abuela solía contarme la historia del espíritu de la hermana de su madre, que había perseguido durante años a su antiguo marido para hacerle pagar por nueve años de infierno disfrazado de matrimonio. Así que el mérito de la idea no era mío. Sólo continuaba una tradición familiar.

Esta historia corta se basa en una creencia china de que si alguien muere o es enterrado con ropa roja, vuelve en forma de fantasma.

Doña Marta

Eran una pareja llamativa. Ella, alta, delgada y altiva. Él, bajito, regordete y bonachón. En las reuniones de vecinos siempre llamaban la atención.

Él, porque lo conocíamos todos: se quedaba a hablar con los vecinos en las escaleras. Somos un bloque numeroso, de más de 50 casas, y sin embargo siempre se acordaba de algún detalle de tu vida: si estudiabas o no, en qué trabajabas y si estabas enfermo siempre te preguntaba qué tal.

Ella, porque a pesar de mirar el mundo por encima del hombro con gesto reprobador, le cambiaba la cara cuando hablaba con su marido. Como si la máscara de dureza que se había construido se le cayese al suelo al hablar con su pareja. Como si le diera vergüenza mostrar cariño abiertamente, pero no se pudiera resistir.

Hace casi un año que él ya no está. Se acabaron las conversaciones en la escalera, los buenos deseos y el saludo cordial. Murió de un infarto súbito, dejando a su mujer sola contra el mundo.

Un año después, ya no queda casi nada de lo que un día fue. Apenada y triste, su máscara hace tiempo que se perdió, como también gran parte de sus recuerdos. Apareció el Alzheimer y con él una cuidadora que la trata con cariño evidente y salen a pasear todos los días.

El otro día nos encontramos en el recibidor y se me quedó mirando sonriente, saboreando alguna broma interna que sólo ella conoce.

“Me llamo Marta.”, confesó en un susurro, “Como la piel de mi abrigo”.